Retiro de Adviento: La alegría de un Dios que se acerca

 

Retiro de Adviento: La alegría de un Dios que se acerca

Vamos a orientar este retiro de Adviento desde la alegría. Hemos vuelto a redescubrirla a partir de la Exhortación del Papa Francisco. El Papa nos ha lanzado una llamada a poner en el centro de nuestra vida de cristianos la alegría. EG 1: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de quienes se encuentran con Jesús”. Cuando leí por primera vez esta frase me impactó muchísimo. No dice “debe llenar”, ni “debería”, o “a veces”… Dice “llena”. Una afirmación clara, una constatación, algo que ocurre (como diríamos ahora) “sí o sí”. Si hay encuentro con Jesús, esto llena de alegría.

Desde ahí nos podemos prenguntar ¿es la alegría del Evangelio la que llena mi corazón y mi vida? ¿Qué pasaría si, en esa frase, yo colocara en lugar de “la alegría del Evangelio” otras cosas que, a veces, llenan más mi vida que la alegría? Por ejemplo: “el peso del Evangelio llena el corazón y la vida de quienes se encuentran con Jesús”, el stress, la preocupación, el agobio, la exigencia, el perfeccionismo… Cada uno tendrá sus propios “parásitos”, sus “chupalegrías”. Seguro que si hacemos ese pequeño ejercicio se nos hace patente la necesidad de recuperar “la alegría del Evangelio”.

Dice el Papa con insistencia que la alegría del Evangelio es una alegría que procede del encuentro personal con Jesús. En una carta que escribió después a la Vida Religiosa (“¡Alegráos!”) dice que nace de la experiencia de ser “amados, alcanzados, transformados”. Y eso vale no sólo para la Vida Religiosa sino para todos los cristianos. Es la alegría de algo, más bien de Alguien, que se te ofrece gratuitamente como un don antes de que tú hagas nada, algo que simplemente espera ser recibido y que tiene capacidad de transformar la propia vida, de ensancharla, de abrirle horizontes. Y que a nosotros simplemente nos pide dejarnos encontrar, dejarnos alcanzar, consentir a esa cercanía (todos son verbos o expresiones pasivas, que implican “dejarse”), acoger esa presencia amorosa que se ofrece como compañera de la vida y que invita a descansar en él, a descargar, a respirar, a expandir un poco nuestras vidas a veces tan agarrotadas.

Por eso, si la alegría del Evangelio procede del encuentro personal con Jesús, de ese dejarse encontrar, dejar que alguien llegue a la propia vida y la renueve, el Adviento es un tiempo privilegiado para abrirnos a esa experiencia y a esa alegría. De ahí el título: La alegría de un Dios que se acerca, un Dios cuya dinámica es estar cada vez más cerca, estar acercándose siempre. Siempre y “más” (porque siempre cabe un “más”)… Un Dios cuya característica es “estar viniendo siempre”, estar
aproximándose, “aprojimándose”… hasta hacerse totalmente prójimo nuestro en Jesús de Nazaret y, después, hasta llegar a ser todo en todos (1Cor 15, 28) cuando su venida sea plena, porque aún estamos esperando que su venida se haga plena.

Cada Adviento la liturgia de la Iglesia nos invita a hacer una especie de recorrido por la historia del pueblo de Israel como una historia de expectación, una historia dinamizada por el anuncio de un Dios que cada vez está más cerca. Israel es un pueblo que vive de la promesa de que Dios mismo se hará presente en medio de su pueblo y que esa presencia será la renovación de todas las cosas, la sanación de todas las heridas, el fin de toda opresión y toda injusticia…

 

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