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Exhortación apostólica del Papa Francisco titulada ‘Gaudete et Exsultate’, sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo. (9 de abril de 2018)

 

 

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– Documentos oficiales pontificios

– Gaudete et Exsultate. 43 consejos del Papa Francisco

 

El Vaticano ha presentado el  lunes 9 de abril de 2018 la nueva exhortación apostólica del Papa titulada ‘Gaudete et Exsultate’, sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo.

El título, que como es habitual corresponde a las dos palabras con las que comienza el documento, significa ‘Alegraos y Regocijaos’ y corresponde a las últimas frases de las bienaventuranzas en el Sermón de la Montaña que Jesucristo le manifiesta a los feligreses: “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”, tal y como recoge el evangelio de San Mateo.

‘Gaudete et Exsultate’ (Alegraos y Regocijaos) es el quinto documento escrito para toda la Iglesia por Francisco en estos cinco años de Pontificado. Francisco ha publicado dos encíclicas:

‘Lumen fidei’ (La luz de la fe), publicada el 29 de junio de 2013, que fue escrita a cuatro manos con su predecesor Benedicto XVI 

‘Laudato si’ (Alabado seas), en la que el Santo Padre reflexiona sobre la creación y el medio ambiente, publicada en mayo de 2015.

Además, ha escrito dos exhortaciones:

‘Evangelii Gaudium’ (‘La alegría del Evangelio’) que versa precisamente sobre el anuncio de la Buena Noticia en el mundo actual, publicada el 24 de noviembre de 2013.

‘Amoris laetitia’ (‘La alegría del amor’) sobre el amor en la familia, publicada el 19 de marzo de 2016.

Descargue la nueva exhortación Gaudete et Exsultate:

– Gaudete et Exsultate – lunes, 9 de abril de 2018

Descargue la guía temática de los contenidos de Gaudete et Exsultate:

– Índice temático

 

A con­ti­nua­ción se ofre­ce una sín­te­sis de la Ex­hor­ta­ción Apos­tó­li­ca del San­to Pa­dre Fran­cis­co GAU­DE­TE ET EX­SUL­TA­TE so­bre el lla­ma­do a la San­ti­dad en el mo­men­to ac­tual

  1. «Ale­graos y re­go­ci­jaos» (Mt 5,12), dice Je­sús a los que son per­se­gui­dos o hu­mi­lla­dos por su cau­sa. El Se­ñor lo pide todo, y lo que ofre­ce es la ver­da­de­ra vida, la fe­li­ci­dad para la cual fui­mos crea­dos. Él nos quie­re san­tos y no es­pe­ra que nos con­for­me­mos con una exis­ten­cia me­dio­cre, agua­da, li­cua­da. En reali­dad, des­de las pri­me­ras pá­gi­nas de la Bi­blia está pre­sen­te, de di­ver­sas ma­ne­ras, el lla­ma­do a la san­ti­dad. Así se lo pro­po­nía el Se­ñor a Abraham: «Ca­mi­na en mi pre­sen­cia y sé per­fec­to» (Gn 17,1).
  2. No es de es­pe­rar aquí un tra­ta­do so­bre la san­ti­dad, con tan­tas de­fi­ni­cio­nes y dis­tin­cio­nes que po­drían en­ri­que­cer este im­por­tan­te tema, o con aná­li­sis que po­drían ha­cer­se acer­ca de los me­dios de san­ti­fi­ca­ción. Mi hu­mil­de ob­je­ti­vo es ha­cer re­so­nar una vez más el lla­ma­do a la san­ti­dad, pro­cu­ran­do en­car­nar­lo en el con­tex­to ac­tual, con sus ries­gos, desa­fíos y opor­tu­ni­da­des. Por­que a cada uno de no­so­tros el Se­ñor nos eli­gió «para que fué­se­mos san­tos e irre­pro­cha­bles ante él por el amor» (Ef 1,4).

CAPÍTULO PRI­ME­RO: EL LLA­MA­DO A LA SAN­TI­DAD

LOS SAN­TOS QUE NOS ALIEN­TAN Y ACOM­PAÑAN

  1. Los san­tos que ya han lle­ga­do a la pre­sen­cia de Dios man­tie­nen con no­so­tros la­zos de amor y co­mu­nión.

LOS SAN­TOS DE LA PUER­TA DE AL LADO

  1. No pen­se­mos solo en los ya bea­ti­fi­ca­dos o ca­no­ni­za­dos. Dios qui­so en­trar en una di­ná­mi­ca po­pu­lar, en la di­ná­mi­ca de un pue­blo.
  2. Me gus­ta ver la san­ti­dad en el pue­blo de Dios pa­cien­te: en esta cons­tan­cia para se­guir ade­lan­te día a día, veo la san­ti­dad de la Igle­sia mi­li­tan­te. La san­ti­dad «de la puer­ta de al lado»; «la cla­se me­dia de la san­ti­dad».

EL SEÑOR LLA­MA

  1. No se tra­ta de des­alen­tar­se cuan­do uno con­tem­pla mo­de­los de san­ti­dad que le pa­re­cen inal­can­za­bles.

TAM­BIÉN PARA TI

  1. ¿Eres con­sa­gra­da o con­sa­gra­do? Sé san­to vi­vien­do con ale­gría tu en­tre­ga. ¿Es­tás ca­sa­do? Sé san­to aman­do y ocu­pán­do­te de tu ma­ri­do o de tu es­po­sa, como Cris­to lo hizo con la Igle­sia. ¿Eres un tra­ba­ja­dor? Sé san­to cum­plien­do con hon­ra­dez y com­pe­ten­cia tu tra­ba­jo al ser­vi­cio de los her­ma­nos. ¿Eres pa­dre, abue­la o abue­lo? Sé san­to en­se­ñan­do con pa­cien­cia a los ni­ños a se­guir a Je­sús. ¿Tie­nes au­to­ri­dad? Sé san­to lu­chan­do por el bien co­mún y re­nun­cian­do a tus in­tere­ses per­so­na­les.
  2. En la Igle­sia, san­ta y com­pues­ta de pe­ca­do­res, en­con­tra­rás todo lo que ne­ce­si­tas para cre­cer ha­cia la san­ti­dad.

TU MISIÓN EN CRIS­TO

  1. Cada san­to es una mi­sión; es un pro­yec­to del Pa­dre para re­fle­jar y en­car­nar, en un mo­men­to de­ter­mi­na­do de la his­to­ria, un as­pec­to del Evan­ge­lio.
  2. «La san­ti­dad no es sino la ca­ri­dad ple­na­men­te vi­vi­da» (Be­ne­dic­to XVI).

LA AC­TI­VI­DAD QUE SAN­TI­FI­CA

  1. No es sano amar el si­len­cio y rehuir el en­cuen­tro con el otro, desear el des­can­so y re­cha­zar la ac­ti­vi­dad, bus­car la ora­ción y me­nos­pre­ciar el ser­vi­cio.
  2. Esto no im­pli­ca des­pre­ciar los mo­men­tos de quie­tud, so­le­dad y si­len­cio ante Dios.

MÁS VI­VOS, MÁS HU­MA­NOS

  1. No ten­gas mie­do de la san­ti­dad. No te qui­ta­rá fuer­zas, vida o ale­gría. Todo lo con­tra­rio, por­que lle­ga­rás a ser lo que el Pa­dre pen­só cuan­do te creó.
  2. No ten­gas mie­do de apun­tar más alto. No ten­gas mie­do de de­jar­te guiar por el Es­pí­ri­tu San­to. en la vida «exis­te una sola tris­te­za, la de no ser san­tos» (León Bloy).

CAPÍTULO SE­GUN­DO: DOS SU­TI­LES ENEMI­GOS DE LA SAN­TI­DAD

EL GNOS­TI­CIS­MO AC­TUAL

Una men­te sin Dios y sin car­ne

  1. En de­fi­ni­ti­va, se tra­ta de una su­per­fi­cia­li­dad va­ni­do­sa: mu­cho mo­vi­mien­to en la su­per­fi­cie de la men­te, pero no se mue­ve ni se con­mue­ve la pro­fun­di­dad del pen­sa­mien­to.
  2. Esto pue­de ocu­rrir den­tro de la Igle­sia: pre­ten­der re­du­cir la en­se­ñan­za de Je­sús a una ló­gi­ca fría y dura que bus­ca do­mi­nar­lo todo.

Una doc­tri­na sin mis­te­rio

  1. Aun cuan­do la exis­ten­cia de al­guien haya sido un desas­tre, aun cuan­do lo vea­mos des­trui­do por los vi­cios o las adic­cio­nes, Dios está en su vida.

Los lí­mi­tes de la ra­zón

  1. San Juan Pa­blo II les ad­ver­tía de la ten­ta­ción de desa­rro­llar «un cier­to sen­ti­mien­to de su­pe­rio­ri­dad res­pec­to a los de­más fie­les».

EL PE­LA­GIA­NIS­MO AC­TUAL

Una vo­lun­tad sin hu­mil­dad

  1. Cuan­do al­gu­nos de ellos se di­ri­gen a los dé­bi­les di­cién­do­les que todo se pue­de con la gra­cia de Dios, en el fon­do sue­len trans­mi­tir la idea de que todo se pue­de con la vo­lun­tad hu­ma­na; Dios te in­vi­ta a ha­cer lo que pue­das y a pe­dir lo que no pue­das: «Dame lo que me pi­des y pí­de­me lo que quie­ras» (San Agus­tín).

Una en­se­ñan­za de la Igle­sia mu­chas ve­ces ol­vi­da­da

  1. La Igle­sia en­se­ñó reite­ra­das ve­ces que no so­mos jus­ti­fi­ca­dos por nues­tras obras o por nues­tros es­fuer­zos, sino por la gra­cia del Se­ñor que toma la ini­cia­ti­va.

Los nue­vos pe­la­gia­nos

  1. Mu­chas ve­ces, en con­tra del im­pul­so del Es­pí­ri­tu, la vida de la Igle­sia se con­vier­te en una pie­za de mu­seo o en una po­se­sión de po­cos. Es qui­zás una for­ma su­til de pe­la­gia­nis­mo.

El re­su­men de la Ley

  1. «Por­que toda la ley se cum­ple en una sola fra­se, que es: Ama­rás a tu pró­ji­mo como a ti mis­mo» (Ga 5,14).

CAPÍTULO TER­CE­RO: A LA LUZ DEL MAES­TRO

  1. «¿Cómo se hace para lle­gar a ser un buen cris­tiano?», la res­pues­ta es sen­ci­lla: es ne­ce­sa­rio ha­cer, cada uno a su modo, lo que dice Je­sús en el ser­món de las Bie­na­ven­tu­ran­zas.

A CON­TRA­CO­RRIEN­TE

«Fe­li­ces los po­bres de es­pí­ri­tu, por­que de ellos es el reino de los cie­los»

  1. Esta po­bre­za de es­pí­ri­tu está muy re­la­cio­na­da con aque­lla «san­ta in­di­fe­ren­cia» que pro­po­nía san Ig­na­cio de Lo­yo­la, en la cual al­can­za­mos una her­mo­sa li­ber­tad in­te­rior.
  2. Ser po­bre en el co­ra­zón, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los man­sos, por­que he­re­da­rán la tie­rra»

  1. Para san­ta Te­re­sa de Li­sieux «la ca­ri­dad per­fec­ta con­sis­te en so­por­tar los de­fec­tos de los de­más, en no es­can­da­li­zar­se de sus de­bi­li­da­des».
  2. Reac­cio­nar con hu­mil­de man­se­dum­bre, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los que llo­ran, por­que ellos se­rán con­so­la­dos»

  1. El mun­do nos pro­po­ne lo con­tra­rio: se gas­tan mu­chas ener­gías por es­ca­par de las cir­cuns­tan­cias don­de se hace pre­sen­te el su­fri­mien­to.
  2. Sa­ber llo­rar con los de­más, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los que tie­nen ham­bre y sed de jus­ti­cia, por­que ellos que­da­rán sa­cia­dos»

  1. La pa­la­bra «jus­ti­cia» pue­de ser si­nó­ni­mo de fi­de­li­dad a la vo­lun­tad de Dios con toda nues­tra vida, pero si le da­mos un sen­ti­do muy ge­ne­ral ol­vi­da­mos que se ma­ni­fies­ta es­pe­cial­men­te en la jus­ti­cia con los in­de­fen­sos.

Bus­car la jus­ti­cia con ham­bre y sed, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los mi­se­ri­cor­dio­sos, por­que ellos al­can­za­rán mi­se­ri­cor­dia»

  1. El Ca­te­cis­mo nos re­cuer­da que esta ley se debe apli­car «en to­dos los ca­sos»,[1] de ma­ne­ra es­pe­cial cuan­do al­guien «se ve a ve­ces en­fren­ta­do con si­tua­cio­nes que ha­cen el jui­cio mo­ral me­nos se­gu­ro, y la de­ci­sión di­fí­cil».
  2. Mi­rar y ac­tuar con mi­se­ri­cor­dia, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los de co­ra­zón lim­pio, por­que ellos ve­rán a Dios»

  1. En las in­ten­cio­nes del co­ra­zón se ori­gi­nan los de­seos y las de­ci­sio­nes más pro­fun­das que real­men­te nos mue­ven.
  2. Man­te­ner el co­ra­zón lim­pio de todo lo que man­cha el amor, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los que tra­ba­jan por la paz, por­que ellos se­rán lla­ma­dos hi­jos de Dios»

  1. No es fá­cil cons­truir esta paz evan­gé­li­ca que no ex­clu­ye a na­die sino que in­te­gra tam­bién a los que son algo ex­tra­ños, a las per­so­nas di­fí­ci­les y com­pli­ca­das.

Sem­brar paz a nues­tro al­re­de­dor, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los per­se­gui­dos a cau­sa de la jus­ti­cia, por­que de ellos es el reino de los cie­los»

  1. Las per­se­cu­cio­nes no son una reali­dad del pa­sa­do, por­que hoy tam­bién las su­fri­mos, sea de ma­ne­ra cruen­ta, como tan­tos már­ti­res con­tem­po­rá­neos, o de un modo más su­til, a tra­vés de ca­lum­nias y fal­se­da­des.

Acep­tar cada día el ca­mino del Evan­ge­lio aun­que nos trai­ga pro­ble­mas, esto es san­ti­dad.

EL GRAN PRO­TO­CO­LO

  1. «Por­que tuve ham­bre y me dis­teis de co­mer, tuve sed y me dis­teis de be­ber, fui fo­ras­te­ro y me hos­pe­das­teis, es­tu­ve des­nu­do y me ves­tis­teis, en­fer­mo y me vi­si­tas­teis, en la cár­cel y vi­nis­teis a ver­me» (Mt 25,35-36).

Por fi­de­li­dad al Maes­tro

  1. Cuan­do en­cuen­tro a una per­so­na dur­mien­do a la in­tem­pe­rie, en una no­che fría, pue­do sen­tir que ese bul­to es un im­pre­vis­to que me in­te­rrum­pe, un de­lin­cuen­te ocio­so, un es­tor­bo en mi ca­mino, un agui­jón mo­les­to para mi con­cien­cia, un pro­ble­ma que de­ben re­sol­ver los po­lí­ti­cos, y qui­zá has­ta una ba­su­ra que en­su­cia el es­pa­cio pú­bli­co. O pue­do reac­cio­nar des­de la fe y la ca­ri­dad, y re­co­no­cer en él a un ser hu­mano con mi mis­ma dig­ni­dad, a una crea­tu­ra in­fi­ni­ta­men­te ama­da por el Pa­dre. ¡Eso es ser cris­tia­nos!

Las ideo­lo­gías que mu­ti­lan el co­ra­zón del Evan­ge­lio

  1. La­men­to que a ve­ces las ideo­lo­gías nos lle­ven a dos erro­res no­ci­vos. Por una par­te, el de los cris­tia­nos que se­pa­ran es­tas exi­gen­cias del Evan­ge­lio de su re­la­ción per­so­nal con el Se­ñor, de la unión in­te­rior con él, de la gra­cia.
  2. Tam­bién es no­ci­vo e ideo­ló­gi­co el error de quie­nes vi­ven sos­pe­chan­do del com­pro­mi­so so­cial de los de­más, con­si­de­rán­do­lo algo su­per­fi­cial, mun­dano, se­cu­la­ris­ta, in­ma­nen­tis­ta, co­mu­nis­ta, po­pu­lis­ta. La de­fen­sa del inocen­te que no ha na­ci­do, por ejem­plo, debe ser cla­ra, fir­me y apa­sio­na­da. Pero igual­men­te sa­gra­da es la vida de los po­bres que ya han na­ci­do, que se de­ba­ten en la mi­se­ria.
  3. Sue­le es­cu­char­se que, fren­te al re­la­ti­vis­mo y a los lí­mi­tes del mun­do ac­tual, se­ría un asun­to me­nor la si­tua­ción de los mi­gran­tes, por ejem­plo. Al­gu­nos ca­tó­li­cos afir­man que es un tema se­cun­da­rio al lado de los te­mas «se­rios» de la bio­éti­ca.
  4. No se tra­ta de un in­ven­to de un Papa o de un de­li­rio pa­sa­je­ro.

El cul­to que más le agra­da

  1. Quien de ver­dad quie­ra dar glo­ria a Dios con su vida, quien real­men­te an­he­le san­ti­fi­car­se para que su exis­ten­cia glo­ri­fi­que al San­to, está lla­ma­do a ob­se­sio­nar­se, des­gas­tar­se y can­sar­se in­ten­tan­do vi­vir las obras de mi­se­ri­cor­dia.
  2. El con­su­mis­mo he­do­nis­ta pue­de ju­gar­nos una mala pa­sa­da. Tam­bién el con­su­mo de in­for­ma­ción su­per­fi­cial y las for­mas de co­mu­ni­ca­ción rá­pi­da y vir­tual pue­den ser un fac­tor de aton­ta­mien­to que se lle­va todo nues­tro tiem­po y nos ale­ja de la car­ne su­frien­te de los her­ma­nos.

***

  1. La fuer­za del tes­ti­mo­nio de los san­tos está en vi­vir las bie­na­ven­tu­ran­zas y el pro­to­co­lo del jui­cio fi­nal. Re­co­mien­do vi­va­men­te re­leer con fre­cuen­cia es­tos gran­des tex­tos bí­bli­cos, re­cor­dar­los, orar con ellos, in­ten­tar ha­cer­los car­ne. Nos ha­rán bien, nos ha­rán ge­nui­na­men­te fe­li­ces.

CAPÍTULO CUAR­TO: AL­GU­NAS NO­TAS DE LA SAN­TI­DAD

EN EL MUN­DO AC­TUAL

  1. No me de­ten­dré a ex­pli­car los me­dios de san­ti­fi­ca­ción que ya co­no­ce­mos: los dis­tin­tos mé­to­dos de ora­ción, los pre­cio­sos sa­cra­men­tos de la Eu­ca­ris­tía y la Re­con­ci­lia­ción, la ofren­da de sa­cri­fi­cios, las di­ver­sas for­mas de de­vo­ción, la di­rec­ción es­pi­ri­tual, y tan­tos otros. Solo me re­fe­ri­ré a al­gu­nos as­pec­tos del lla­ma­do a la san­ti­dad que es­pe­ro re­sue­nen de modo es­pe­cial.
  2. Son cin­co gran­des ma­ni­fes­ta­cio­nes del amor a Dios y al pró­ji­mo que con­si­de­ro de par­ti­cu­lar im­por­tan­cia, de­bi­do a al­gu­nos ries­gos y lí­mi­tes de la cul­tu­ra de hoy. En ella se ma­ni­fies­tan: la an­sie­dad ner­vio­sa y vio­len­ta que nos dis­per­sa y nos de­bi­li­ta; la ne­ga­ti­vi­dad y la tris­te­za; la ace­dia có­mo­da, con­su­mis­ta y egoís­ta; el in­di­vi­dua­lis­mo, y tan­tas for­mas de fal­sa es­pi­ri­tua­li­dad sin en­cuen­tro con Dios que reinan en el mer­ca­do re­li­gio­so ac­tual.
  3. AGUAN­TE, PA­CIEN­CIA Y MAN­SE­DUM­BRE
  4. ALEGRÍA Y SEN­TI­DO DEL HU­MOR
  5. AU­DA­CIA Y FER­VOR
  6. EN CO­MU­NI­DAD
  7. EN ORA­CIÓN CONS­TAN­TE

CAPÍTULO QUIN­TO: COM­BA­TE, VI­GI­LAN­CIA Y DIS­CER­NI­MIEN­TO

  1. La vida cris­tia­na es un com­ba­te per­ma­nen­te. Se re­quie­ren fuer­za y va­len­tía para re­sis­tir las ten­ta­cio­nes del dia­blo y anun­ciar el Evan­ge­lio. Esta lu­cha es muy be­lla, por­que nos per­mi­te ce­le­brar cada vez que el Se­ñor ven­ce en nues­tra vida.

EL COM­BA­TE Y LA VI­GI­LAN­CIA

  1. No se tra­ta solo de un com­ba­te con­tra el mun­do y la men­ta­li­dad mun­da­na, que nos en­ga­ña, nos aton­ta y nos vuel­ve me­dio­cres sin com­pro­mi­so y sin gozo. Tam­po­co se re­du­ce a una lu­cha con­tra la pro­pia fra­gi­li­dad y las pro­pias in­cli­na­cio­nes. Es tam­bién una lu­cha cons­tan­te con­tra el dia­blo. Je­sús mis­mo fes­te­ja nues­tras vic­to­rias.

Algo más que un mito

  1. En­ton­ces, no pen­se­mos que es un mito, una re­pre­sen­ta­ción, un sím­bo­lo, una fi­gu­ra o una idea. Ese en­ga­ño nos lle­va a ba­jar los bra­zos, a des­cui­dar­nos y a que­dar más ex­pues­tos. Él no ne­ce­si­ta po­seer­nos. Nos en­ve­ne­na con el odio, con la tris­te­za, con la en­vi­dia, con los vi­cios. Y así, mien­tras no­so­tros ba­ja­mos la guar­dia, él apro­ve­cha para des­truir nues­tra vida, nues­tras fa­mi­lias y nues­tras co­mu­ni­da­des.

Des­pier­tos y con­fia­dos

  1. Nues­tro ca­mino ha­cia la san­ti­dad es tam­bién una lu­cha cons­tan­te. Quien no quie­ra re­co­no­cer­lo se verá ex­pues­to al fra­ca­so o a la me­dio­cri­dad. Para el com­ba­te te­ne­mos las ar­mas po­de­ro­sas que el Se­ñor nos da: la fe que se ex­pre­sa en la ora­ción, la me­di­ta­ción de la Pa­la­bra de Dios, la ce­le­bra­ción de la Misa, la ado­ra­ción eu­ca­rís­ti­ca, la re­con­ci­lia­ción sa­cra­men­tal, las obras de ca­ri­dad, la vida co­mu­ni­ta­ria, el em­pe­ño mi­sio­ne­ro.

La co­rrup­ción es­pi­ri­tual

  1. «No nos en­tre­gue­mos al sue­ño». Por­que quie­nes sien­ten que no co­me­ten fal­tas gra­ves con­tra la Ley de Dios, pue­den des­cui­dar­se en una es­pe­cie de aton­ta­mien­to o ador­me­ci­mien­to.

EL DIS­CER­NI­MIEN­TO

  1. ¿Cómo sa­ber si algo vie­ne del Es­pí­ri­tu San­to o si su ori­gen está en el es­pí­ri­tu del mun­do o en el es­pí­ri­tu del dia­blo? La úni­ca for­ma es el dis­cer­ni­mien­to, que no su­po­ne so­la­men­te una bue­na ca­pa­ci­dad de ra­zo­nar o un sen­ti­do co­mún, es tam­bién un don que hay que pe­dir. Si lo pe­di­mos con­fia­da­men­te al Es­pí­ri­tu San­to, y al mis­mo tiem­po nos es­for­za­mos por desa­rro­llar­lo con la ora­ción, la re­fle­xión, la lec­tu­ra y el buen con­se­jo, se­gu­ra­men­te po­dre­mos cre­cer en esta ca­pa­ci­dad es­pi­ri­tual.

Una ne­ce­si­dad im­pe­rio­sa

  1. To­dos, pero es­pe­cial­men­te los jó­ve­nes, es­tán ex­pues­tos a un zap­ping cons­tan­te. Sin la sa­bi­du­ría del dis­cer­ni­mien­to po­de­mos con­ver­tir­nos fá­cil­men­te en ma­rio­ne­tas a mer­ced de las ten­den­cias del mo­men­to.

Siem­pre a la luz del Se­ñor

  1. El dis­cer­ni­mien­to no solo es ne­ce­sa­rio en mo­men­tos ex­tra­or­di­na­rios, o cuan­do hay que re­sol­ver pro­ble­mas gra­ves. Nos hace fal­ta siem­pre: mu­chas ve­ces esto se jue­ga en lo pe­que­ño, en lo que pa­re­ce irre­le­van­te.

Un don so­bre­na­tu­ral

  1. Si bien el Se­ñor nos ha­bla de mo­dos muy va­ria­dos en me­dio de nues­tro tra­ba­jo, a tra­vés de los de­más, y en todo mo­men­to, no es po­si­ble pres­cin­dir del si­len­cio de la ora­ción de­te­ni­da para per­ci­bir me­jor ese len­gua­je, para in­ter­pre­tar el sig­ni­fi­ca­do real de las ins­pi­ra­cio­nes que creí­mos re­ci­bir.

Ha­bla, Se­ñor

  1. Solo quien está dis­pues­to a es­cu­char tie­ne la li­ber­tad para re­nun­ciar a su pro­pio pun­to de vis­ta par­cial o in­su­fi­cien­te, a sus cos­tum­bres, a sus es­que­mas.
  2. No se tra­ta de apli­car re­ce­tas o de re­pe­tir el pa­sa­do.

La ló­gi­ca del don y de la cruz

  1. Hace fal­ta pe­dir­le al Es­pí­ri­tu San­to que nos li­be­re y que ex­pul­se ese mie­do que nos lle­va a ve­dar­le su en­tra­da en al­gu­nos as­pec­tos de la pro­pia vida. Esto nos hace ver que el dis­cer­ni­mien­to no es un au­to­aná­li­sis en­si­mis­ma­do, una in­tros­pec­ción egoís­ta, sino una ver­da­de­ra sa­li­da de no­so­tros mis­mos ha­cia el mis­te­rio de Dios, que nos ayu­da a vi­vir la mi­sión a la cual nos ha lla­ma­do para el bien de los her­ma­nos.

***

  1. Quie­ro que Ma­ría co­ro­ne es­tas re­fle­xio­nes, por­que ella vi­vió como na­die las bie­na­ven­tu­ran­zas de Je­sús. Ella es la que se es­tre­me­cía de gozo en la pre­sen­cia de Dios, la que con­ser­va­ba todo en su co­ra­zón y se dejó atra­ve­sar por la es­pa­da. Es la san­ta en­tre los san­tos, la más ben­di­ta, la que nos en­se­ña el ca­mino de la san­ti­dad y nos acom­pa­ña. Ella no acep­ta que nos que­de­mos caí­dos y a ve­ces nos lle­va en sus bra­zos sin juz­gar­nos. Con­ver­sar con ella nos con­sue­la, nos li­be­ra y nos san­ti­fi­ca. La Ma­dre no ne­ce­si­ta de mu­chas pa­la­bras, no le hace fal­ta que nos es­for­ce­mos de­ma­sia­do para ex­pli­car­le lo que nos pasa. Bas­ta mu­si­tar una y otra vez: «Dios te sal­ve, Ma­ría…».
  2. Es­pe­ro que es­tas pá­gi­nas sean úti­les para que toda la Igle­sia se de­di­que a pro­mo­ver el de­seo de la san­ti­dad. Pi­da­mos que el Es­pí­ri­tu San­to in­fun­da en no­so­tros un in­ten­so an­he­lo de ser san­tos para la ma­yor glo­ria de Dios y alen­té­mo­nos unos a otros en este in­ten­to. Así com­par­ti­re­mos una fe­li­ci­dad que el mun­do no nos po­drá qui­tar.

(Ciu­dad del Va­ti­cano, va­ti­can­news.va)

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