La cultura digital, un desafío para la Iglesia hoy

 

La Red abarca una inimaginable cantidad de información en continuo cambio, imposible ya de
medir con precisión y tampoco de predecir en su evolución, y no es porque hayamos perdido el
control sobre ella sino que ésta responde al deseo fundamental de las personas de entrar en
relación unas con otras , y este deseo es un motor que nunca se detiene. En esto radica el
imparable auge de Internet, en su capacidad de posibilitar e incluso dar una nueva forma a las
relaciones humanas.

La Red no sólo ha hecho descender enormemente los costes de la comunicación a distancia y
aumentado su velocidad, sino que va subsumiendo el resto de medios: correo, teléfono, cine,
televisión, música, libros, prensa, revistas, televisión… todo va siendo traducido a formatos
digitales y puesto al alcance de millones de personas, de tal modo que cuando hablas por teléfono
o ves un canal de televisión ya no haces uso de redes analógicas paralelas, ahora todo está dentro
de la misma Red.
La digitalización de la cultura es la manera de llevar los datos a un nivel superior, donde se hacen
más accesibles y se interconectan con otros muchos para adquirir nuevos significados y
evolucionar hacia nuevas formas.

Nos encontramos ante un fenómeno con un enorme poder de transformación cultural, que
Benedicto XVI constataba en 2011: “Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la
revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en
el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las
comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy.” 

La Iglesia existe por y para la llamada que ha recibido del Señor Jesús a anunciar el Evangelio en
todo tiempo y lugar, a todos y en toda cultura, pero veo con preocupación cómo muchos grupos
en ella ignoran esta enorme mutación cultural, la niegan o incluso la critican y atacan, a la par
que creen poder estar seguros en antiguas formas de relación y diálogo con la cultura. Me
entristece porque el mismo vigor que se pone en levantar muros y defenderse de los cambios
culturales podría emplearse en derribarlos y salir al encuentro del prójimo. Esta actitud es un signo
de la enfermedad que genera la autorreferencialidad, tal y como dice el papa Francisco: “Prefiero
una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el
encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”

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