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Cristianos en el mundo. ¿Cómo vivían los cristianos? ¿Por qué el cristianismo cambió a la humanidad?

 

CRISTIANOS EN EL MUNDO

¿CÓMO VIVÍAN LOS CRISTIANOS? ¿POR QUÉ EL CRISTIANISMO CAMBIÓ A LA HUMANIDAD?

LA CARTA A DIOGNETO

Vea también:

– Para llegar a ser cristiano. La pedagogía de la fe en la Didajé

 

Para comprender el alcance y el sentido de lo que preguntamos lo mejor es transcribir parte del texto de una carta, de la cual no se conocen datos ni del autor ni del destinatario. Se trata de una apología del cristianismo compuesta bajo la forma de una carta a un pagano que gozaba de cierto rango social, de nombre Diogneto. La composición, según ciertos autores, podría ubicarse en el siglo III. Pareciera haber sido escrita cuando ya el cristianismo se ha expandido en gran parte del imperio. Con esta Carta a Diogneto, el autor quiere responder a la requisitoria que este Diogneto le hace a un amigo suyo, cristiano, sobre su religión. Él le pregunta, entre otras cosas, ¿a qué Dios se dirige su fe?, ¿qué culto hay que rendirle?, ¿de dónde les viene ese desdén unánime por el mundo y su menosprecio por la muerte?, ¿qué es ese amor que se tienen los unos por los otros?, ¿por qué no aceptan a algunos de los dioses reconocidos por los griegos y no observan las supersticiones judías? En fin, ¿por qué este pueblo nuevo –este nuevo modo de vida– ha surgido en estos días y no después?

El autor le contesta mostrando, enfervorizado, la superioridad del cristianismo en relación a la idolatría estúpida de los paganos y al formalismo exterior del culto judío. Hace, entonces, una hermosa descripción de la vida sobrenatural de los cristianos:

” Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate el alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.”

(De la Carta a Diogneto, cap. 5-6, Funk 1, 397-401)

Aparece claro que el núcleo vital del cristianismo, su doctrina, su moral, su culto, nada tienen que ver con la cultura pagana. Más aún, hay una evidente confrontación entre el sentido que tienen los paganos del mundo, del hombre y de lo religioso, y lo que los cristianos han recibido de Dios a partir de la revelación. El autor marca estas aporías:

  • los cristianos viven en el mundo pero no son del mundo;
  •  los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible;
  • el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres;
  • los cristianos, a pesar de ser aborrecidos por el mundo, aman a los que los odian;
  •  los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo;
  • los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial.
  • Aparece una concepción del mundo que, sin duda alguna, tenía que asombrar a los paganos. Ellos estaban inmersos en un fatalismo cósmico del que no podían salir. El pueblo elegido encerrado en un formulismo religioso que solo le permitía aguardar un nacionalismo político. La cultura católica irrumpe entonces cuando los tiempos del hombre no dan para más.

Descargue la Carta a Diogneto:

– Carta a Diogneto

 

 

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