Los enfermos nos evangelizan

 

LOS ENFERMOS NOS EVANGELIZAN

Vea también:

– Pastoral de la Salud

– Enfermos

Jesús Burgaleta

1. La fuerza evangelizadora del enfermo
El enfermo encierra en su misma situación una dinámica de humanización y de evangelización inmensa. ¡Hay que dejarse evangelizar y humanizar por los enfermos! Esta energía evangelizadora podríamos concretarla en los siguientes puntos:

1.1. Testimonio de la limitación existencial
El enfermo plantea al sano el drama fundamental de la existencia humana: la limitación, la debilidad y la apertura a la nada / desaparición / destrucción.

La misma realidad del enfermo impulsa a asumir la propia realidad del hombre en la historia, a tomar conciencia no equivocada ni alienada de sí, a medirse sin engaños, a asomarse al misterio del sentido y del sin-sentido de la vida y a realizar la apertura a la esperanza desde la “sensata” desesperanza.

El encuentro con la realidad del enfermo ayuda a enfrentarse consigo mismo, en la soledad radical de la existencia, sin el truco de escondernos en los otros para no enfrentarnos con nosotros mismos. El enfermo es el testigo de que uno es intransferiblemente uno mismo y que hay que asumir la indeclinables soledad de ser “yo” y de tener que afrontar solo las realidades más decisivas de la existencia: el hombre, en última instancia, siempre se muere solo.

1.2. Testimonio de lo que es relativo y de lo que verdaderamente importa
El enfermo pone ante los sanos cada cosa en su sitio. Lo importante, como importante, lo relativo como secundario. La enfermedad y la muerte dan razón a la propuesta evangélica: “Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura” (int. 6,33), o “¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si malogra su vida?” (16,26).

El enfermo pone la piqueta a los cimientos de las casas de los que debían vivir en tiendas de campaña, pues son peregrinos. Llama a desinstalarse, a desarraigarse, a estar constantemente en el camino, ligeros de equipaje (Mt-24,37-42).

El enfermo supone la inversión de la escala de los valores, colocando cada cosa en su verdadera perspectiva y entronizando el valor absoluto de “ser persona” por encima de toda otra consideración o estima. La dignidad del hombre reside en lo que puede llegar a “ser”. Ésta es la “tarea” fundamental del hombre sano y del enfermo. Es precisamente en la enfermedad donde se barre la hojarasca, cundo aparece con más claridad el quehacer de la existencia: alumbrarse como persona.

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