Examen de conciencia 21

Examen de conciencia para contemplativos seculares

 

EXAMEN DE CONCIENCIA PARA CONTEMPLATIVOS SECULARES

Vea también:

– ¿Qué es el examen de conciencia?

– Exámenes de conciencia

Contenido
Una nueva visión del examen de conciencia
El examen de conciencia como oración
El examen de conciencia y el discernimiento
El examen de conciencia y el sacramento de la reconciliación
Sugerencias concretas para el examen de conciencia

Una nueva visión del examen de conciencia
Uno de los mejores instrumentos que tenemos para progresar en la vida espiritual es el examen de conciencia. Son un medio extraordinario para realizar un discernimiento espiritual profundo que nos permita encauzar evangélicamente nuestra vida. Tomaremos algunas de las interesantes sugerencias de Jean Laplace para la primera parte, dedicada a la visión de conjunto del examen de conciencia.

Para comenzar es importante que nos desprendamos de la identificación, tan frecuente del examen de conciencia con el análisis material de los pecados, para descubrir que se trata de un modo acoger la acción del Espíritu en nosotros tras las inevitables deficiencias que surgen en nuestra vida. Y, por medio del examen, permaneceremos en la actitud necesaria para que permitir la acción de Dios en nosotros.

Ciertamente, el examen de conciencia puede considerarse como una recomendación bastante corriente, incluso para el hombre sin fe: es una forma útil de corregir los defectos o de adquirir determinados hábitos. Desde este punto de vista tiene una cierta utilidad, pero no pasa de ser lo natural en todo hombre que desea ser aceptable en el entorno en que vive, o tener éxito en una empresa.

Con cierta facilidad hemos deformado o malinterpretado la verdadera finalidad del examen de conciencia. Nosotros lo convertimos con frecuencia en una especie de examen moral y jurídico. Tal vez tengamos hoy una excesiva tendencia a desdeñar esta ascesis, porque pensamos que nos encierra en nosotros mismos, o no nos ayuda a permanecer en la perspectiva de la gracia. Para algunos es una ocasión de desánimo más que un medio de progreso espiritual. Por eso lo abandonamos con facilidad.

Dicho esto, hay que afirmar en seguida que el examen es en realidad otra cosa. Es el momento en el que la persona, tras haber estado atareada todo el día, vuelve en sí y se pone la mano en el corazón. Haya obrado el bien o el mal, considera ambas cosas exclusivamente en relación a Dios. Se trata de decirle a Dios: «Te ofrezco el mal que haya hecho, Señor, a fin de que sea para ti ocasión de manifestar tu amor y tu poder. Y te ofrezco también el bien que haya podido hacer, porque reconozco en él tu obra». Todo cuanto descubro en mí de odio, de amargura, de pereza, de sensualidad… lo reconozco y lo asumo, pero no para desanimarme (porque sé perfectamente que no conseguiré liberarme de ello por mí mismo), sino para exponerlo a la acción de la gracia de Dios.

En el fondo, hacer examen de conciencia consiste en saber situarme ante Dios y ponerme en el lugar adecuado. El verdadero examen de conciencia nos ayuda a mantener en nuestra vida cotidiana la visión nuclear de la fe que nos descubre la realidad profunda de quién es Dios, quién soy yo y cuál es mi relación con Dios. De este modo, el examen diario de conciencia se convierte para nosotros en una especie de posicionamiento permanente en nuestra fe en Jesucristo; un ponernos en nuestro sitio por el que, desde el fondo de nuestro corazón, damos al Señor todo cuanto somos, para que él nos dé lo que él es.

 

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