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Francisco, hombre libre

 

FRANCISCO, HOMBRE LIBRE

Eugenio A. Rodríguez

La sensación que me deja la última exhortación de Francisco (“Alégrense y regocíjense”) es que es un hombre libre. No se pueden decir las cosas que dice si no las ha vivido intensamente. Habla de la santidad, sí, pero no es estudio o tratado sobre la santidad. Habla de la vida concreta del que quiere ser santo. La libertad le brota por todas partes, como la mística a Pablo VI, el coraje a Juan Pablo II o la humildad a Benedicto XVI. Francisco dice lo que quiere sin medir, sin calcular. Sus famosos gestos -descubre uno en este escrito- no son acciones para dar testimonio, sino actos que brotan de su mismo ser, como el chiquillo que pega a la pelota, o el muchacho que mira al escaparate… los gestos -me parece entender ahora- le salen solos.

Francisco en un hermoso escrito de cinco capítulos nos habla de la santidad. Tantas veces estamos tan apegados a estar cómodos, ir viviendo, hacer algo… que sus palabras son un grito de ternura a que miremos al Ideal, a que nos planteemos que hay una hermosa semilla dentro de nosotros, que podemos hacer de la vida una radiante aventura, como decía Chaplin en el famoso discurso final de El Gran Dictador. Y al hablarnos de los santos nos da una sorpresa realzando la importancia de los “santos de la puerta de la lado”, el vecino, la santidad de los gestos pequeños.

Por su claridad “dialéctica” enseguida pasa a mostrarnos en el capítulo II dos dificultades concretas para la santidad. Dicen que son viejísimas y alude a la pervivencia hoy de dos herejías de los comienzos (gnosticismo y pelagianismo) que vienen a ser dos reduccionismos de la vida cristiana: reducir la vida cristiana a razón o conocimiento (espiritualismo) o reducirla a actos concretos tipo ONG (secularismo). 

La mirada al Maestro (capítulo III) es la que nos muestra la santidad. Y aquí se centra en el Amor de Jesús donde otros podríamos hacer un largo tratado sobre los diez mandamientos. Pero no, él no se centra en los Diez sino en la Bienaventuranzas y en el Juicio Final. Algo bien significativo. Su lectura de los textos bíblicos es nuevamente sencilla, a lo esencial, y muy libre.

En el capitulo cuarto nos ofrece cinco pistas sobre la espiritualidad que él cree más acorde a nuestro tiempo. Y otra vez se respira su sentido de la libertad. ¿Todos los cristianos creemos que hay notas de espiritualidad más acordes a unos tiempos que a otros? Quizá una sencilla encuesta nos daría sorpresas. Las notas que él destaca son: mansedumbre (¡incluida la vivencia de las humillaciones!), alegría (¡incluido sentido del humor!), valentía, comunitariedad y silencio. Verán que sugerentes resultan.

El capítulo V quizá sea el más hermoso. En él nos habla de no tranquilidad sino de combate. Combate interior, exterior y contra el demonio. Y todo eso AL TIEMPO; porque nunca se vence del todo y si crees haber vencido es que estás vencido ya. Y en este combate nos ofrece el discernimiento no como la manera de cumplir con las normas haciendo el mínimo sino como un instrumento de combate ¡es genial! Por eso -señala con valentía- existe el problema de la corrupción espiritual. Y tiene razón. Cualquiera podemos entender que es peor un vaso de agua envenenada que un vaso vacío. Si nos creemos justos, sin pecados graves, lo mismo tenemos un vaso de agua envenenada que nos impide ir a buscar agua viva. Quizás sea mejor no creer que “disfrutar” de una fe corrompida. Él insiste en que Dios no es un caprichoso: “el que lo pide todo lo da todo”. Y en otro capítulo dice que en la Iglesia tenemos todos los medios necesarios para alcanzar la santidad. Dejémonos por tanto de culpar a a Dios en si avanzamos o no y pongámonos “modo combate”.

La reflexión mas insistente (o que a mí mas falta me hacia) de este documento es su propuesta de vivir todo esto EN MEDIO. La santidad en medio de imperfecciones, su poder en medio de la debilidad, la contemplación en medio de la acción, el gozo en medio de la tribulación, el silencio en medio de la vida…

(Mayo 2018)

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