fuertes en la tribulacion

Fuertes en la tribulación – Libro electrónico – Actualización del 22 de abril de 2020

 

FUERTES EN LA TRIBULACIÓN

Libro electrónico – 22 de abril de 2020

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ACTUALIZACIÓN DEL 22 DE ABRIL DE 2020

La grave situación en la que se encuentran muchos países del mundo a causa de la rapidísima difusión del Covid-19 nos pone a prueba a todos. Sabemos que, lamentablemente, esta crisis no se resolverá en poco tiempo, y que la pandemia se está difundiendo. Estamos ante una situación que hasta hace pocas semanas parecía inimaginable, como el escenario de una película de ciencia ficción.

Todo ha cambiado de repente, y lo que antes dábamos por supuesto parece vacilar: el modo de relacionarnos con los demás en el trabajo, la gestión de los afectos, el estudio, el ocio, la oración y la posibilidad de participar en la Misa…

En cualquier caso, lo más grave es que esta epidemia —como toda epidemia— no supone solamente una amenaza para las costumbres consolidadas, sino que, sobre todo, es causa de miles de muertes, de mucho dolor, de tanto sufrimiento. Millares de personas han enfermado gravemente, han muerto. Numerosas familias lloran a sus seres queridos sin haber podido estar cerca de ellos ni decirles adiós, y que han sido cremados sin que se haya celebrado un funeral.

La muerte en tiempos del Covid-19 se caracteriza precisamente por la soledad, por la imposibilidad de tener al lado a los propios seres queridos, de recibir los sacramentos, de confesarse, de estar acompañados, en el último aliento, por una voz amiga que no sea la de los médicos o las enfermeras que trabajan en los hospitales al límite de sus fuerzas. A estos últimos va el agradecimiento de todos, porque luchan cotidianamente en primera línea por la vida de las personas. Junto a ellos hay que recordar a los agentes de la seguridad pública, las personas que trabajan en actividades estratégicas para la comunidad, los
numerosos voluntarios que siguen ayudando a los más necesitados, a los ancianos solos, a los pobres. Es preciso recordar también a los muchos sacerdotes, religiosos y religiosas que comparten los sufrimientos de su gente: tantos han sacrificado su propia vida.

Para muchos creyentes, la imposibilidad de participar en la liturgia y en los sacramentos agrava la situación de pérdida, desánimo y desconcierto, aunque la Iglesia nos invita a renovar nuestra fe en Cristo Resucitado, que ha vencido la muerte y la ha hecho lugar de encuentro seguro con el rostro bueno del Padre. Las dificultades del momento han estimulado la creatividad y la inventiva de muchos sacerdotes que, utilizando los nuevos medios de comunicación, se hacen presentes en la vida de las comunidades y de las familias encerradas en las casas de las ciudades semidesiertas.

La realidad, en su evidencia, nos pide que vivamos este tiempo —por el bien de todos, especialmente de las personas que corren un mayor riesgo— en la soledad de nuestras casas, de los hospitales, de las casas de reposo.
Cierto, las preguntas de fe permanecen, porque como creyentes no hemos sido educados en los últimos decenios para vivir semejantes emergencias, es decir, para vivir la comunión eclesial a pesar de la separación y la lejanía sin arriesgarnos a ceder a la tentación de una devoción puramente solitaria. Sin embargo, es útil recordar que esta no es la primera vez que la humanidad, y los cristianos, se han encontrado ante un evento de este tipo. La fe cristiana, vivida diariamente en sus elementos esenciales, genera una mirada sobre la realidad, la posibilidad de vislumbrar la mano de un Dios que es Padre bueno y que nos ha amado tanto como para sacrificar a su Hijo por nosotros. La Iglesia lleva así en su tradición viviente un tesoro de sabiduría, esperanza, oportunidad para seguir experimentando —en la soledad, y a veces incluso en el aislamiento— que somos verdaderamente “una sola cosa” gracias a la acción del Espíritu Santo.

Este libro quisiera ser una pequeña ayuda ofrecida a todos, para que sepamos ver y experimentar la cercanía y la ternura de Dios en medio del dolor, el sufrimiento, la soledad y el miedo. Cierto, la fe no borra el dolor, la comunión eclesial no quita la angustia; pero iluminan la realidad y la revelan como habitada por el amor y la esperanza fundada no sobre nuestras capacidades, sino precisamente sobre Aquel que es fiel y no nos abandona nunca.

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