mirada de jesús

La mirada de Jesús al enfermo

 

LA MIRADA DE JESÚS AL ENFERMO

Jesús establece una relación empática con la persona. Cada enfermo es único para él. Su manera de acercarse es provocando confianza. Jesús comprende lo que la otra persona está viviendo, se pone en su lugar, le hace sentir que conoce su necesidad.

Es muy importante transmitir comprensión: ser capaces de centrarnos en la persona, de estar atentos a ella, de comprender su experiencia y evitar las respuestas simples y fáciles. Para transmitir comprensión es necesario aceptar incondicionalmente los sentimientos de la otra persona.

Esta cercanía, esta proximidad de presencia, es lo primero que necesitan los enfermos.
Una enfermera contaba: “Entre mis recuerdos más inolvidables conservo el de una visita realizada hace unos años a una magnífica residencia para ancianos en Inglaterra. Era un edificio espléndido, tenía capacidad para cuarenta residentes a los que no les faltaba de nada. Pero me di cuenta que no había ni un solo rostro sonriente. La mayoría estaban pendientes de la puerta. Una institución religiosa se hacía cargo de la residencia. Pregunté a la hermana que estaba de guardia: – “¿Cómo es que ninguno sonríe? ¿Por qué no dejan de mirar a la puerta?”
– “Ocurre lo mismo todos los días. Están permanentemente a la espera de que alguien venga a visitarlos. Sueñan con un hijo o una hija, algún miembro de la familia que venga a verlos … ”

La soledad era la expresión de su pobreza, la pobreza de encontrarse no deseados, no buscados, por sus familiares y amigos. La pobreza de que tu vida no importa mucho para otros. Es la pobreza que más sienten los ancianos.

“La tomó de la mano “, este gesto lo repetirá mucho Jesús en el evangelio. “Se es cristiano por dar la mano” (Peguy). Jesús toma de la mano a la mujer dándole confianza para que pueda desplegar su vida. Él es alguien que provoca confianza a través del tacto, esa mano que serena en la angustia.

Tocar significa comunicarse y confiar, sentir de una forma humana la vida del otro, compartiendo su espacio de vida: su casa, su habitación … Dar la mano tiene una virtud sanadora, pacificadora, sobre todo en los enfermos especialmente graves e incapaces de hablar.

“La levantó”. Jesús levantó a la mujer, la puso de pie, le devolvió todas las posibilidades de acción, de ser ella misma… Qué alegría cuando el otro puede incorporarse, cuando el enfermo puesto en pie se despide.

Poner de pie es interesarnos por las cosas del enfermo, aunque diga cosas sin sentido, es hacerle sentir que en medio de su enfermedad su vida es digna de reconocimiento y afecto. Hacerle sentir que nos importa, que es valioso para Dios y para nosotros.

Una persona me contó una vez hablándome de lo que otra le había ayudado: “no me curó de la enfermedad sino más adentro, me transmitió sabiduría y coraje para mirar la enfermedad de otra manera”.

Si seguimos con el relato de la mujer encorvada, vemos que Jesús además de poner en juego su mirada y su voz necesita dar un paso más: establecer con la mujer un contacto sanador. Libera en ella las fuentes del amor que permanecían ocultas y obstruidas. Señala el Evangelio que Jesús: “Le impuso las manos y en el acto se enderezó y daba gloria a Dios”. (Lc 13, 13). La mujer se abre ante Jesús cuando la toca. Qué poder tienen nuestras manos cuando las tendemos llenas de bendiciones.

Impresiona que la mujer no tiene que hacer nada fuera de su vida, ni siquiera ir al templo o hacer una oración, para dar gloria a Dios. Es su propio cuerpo puesto en pie, es su propia vida circulando sin ataduras, la liberación de sus fuerzas afectivas, la posibilidad de mirar otros ojos sin temor y de entrar en comunicación .. lo que la hace experimentar una relación nueva con la vida. Respirando con anchura da gloria. Sólo respirando y siendo ella misma.

Al tocarla, Jesús abrió la fuente originante de su vida. Todos somos un poco como esta mujer y podemos reconocernos en su anhelo de sanación y de abundancia de vida. Y podemos ser también como Jesús para lo demás, cuando nuestra mirada está sana, nuestras manos conocen el silencio y nuestra voz es capaz de tocar con calidez el lado vulnerable de los otros.

 

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