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San Romero y San Pablo VI, modelos para la juventud

 

San Romero y San Pablo VI, modelos para la juventud

Por Dr. Agustín Ortega Cabrera

Los queridos Oscar A. Romero, arzobispo mártir salvadoreño, y San Pablo VI son declarados santos, un regalo y alegría del pueblo de Dios para toda la humanidad. Ahora que en la iglesia estamos celebrando el sínodo sobre la juventud, la santidad de Romero y Pablo VI deben ser ejemplo para los jóvenes, para toda persona. Todo ser humano, en especial el joven, lleva en lo más profundo de su ser el deseo de ser sujeto gestor y transformador del mundo e historia; vivir en esa entrega para amar fraternal y solidariamente en la lucha por la paz, por el bien común universal y la justicia con los pobres de la tierra. Y, de esta forma, buscar la verdad, la belleza y el bien. Trascenderse en ese amor a los otros y al Otro, a Dios mismo que nos enraíza y colma en estos anhelos de paz, justicia y vida espiritual, plena y eterna. De todo lo anterior, Mons. Romero y Pablo VI son modelos para la juventud.

Ellos acogen el regalo (Gracia) del Dios de la vida y se donan a Él y a los otros. Desde el Espíritu, en el seguimiento de Jesús, buscan primero el Reino de Dios y su justicia que nos trae la salvación liberadora de todo mal, pecado, muerte e injusticia. Mons. Romero y Pablo VI hacen vida el principio-misericordia de la iglesia samaritana, con una ética de la compasión, que asume solidariamente el sufrimiento, mal e injusticia que padecen las personas, los pueblos y los pobres. Son así testigos creíbles con una vida honrada y moral, encarnando en la historia los valores y principios éticos de la civilización del amor, la libertad, la igualdad, la vida y dignidad de toda persona que es sagrada e inviolable. Mons. Romero y Pablo VI son místicos, en su unión profunda con Dios por Jesús, y profetas en la defensa de la paz, de la justicia social y de los derechos humanos; con una denuncia profética y crítica de los ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y de la violencia estructural que dan muerte.

Como auténticos misioneros siguiendo a Jesús, ellos llevan este Evangelio del Reino y su salvación liberadora a los pueblos e historia, acogiendo todo lo bueno, bello y verdadero de las culturas. Impulsan el desarrollo humano, liberador e integral que da respuesta a las necesidades, capacidades y talentos de las personas, de los pueblos y de los pobres como protagonistas de su liberación integral. Con los principios del destino universal de los bienes que está por encima de la propiedad, del trabajo digno con sus derechos como es un salario justo que está antes que el capital. Una economía ética al servicio de estas necesidades y desarrollo integral de los pueblos. En esta misión real, encuentran a Dios en sus hermanos los seres humanos, en el pobre que es sacramento (presencia) de Cristo pobre-crucificado y en la realidad social e histórica. Ejerciendo esa verdadera profecía que, en el anuncio del Reino y lucha por su justicia, se opone a esas idolatrías de la codicia, del tener y del dominar. Ese rechazo y lucha contra esos falsos dioses del capital, del mercado y del estado-nación que sacrifican a la humanidad en el altar del lucro y del poder. Por todo ello, los jóvenes tienen un auténtico pozo de sabiduría y un paradigma de vida en la existencia, legado y obra de nuestros santos Romero y Pablo VI. Ellos muestran esa constitutiva dimensión social y pública de la fe, la caridad política que promueve la militancia ciudadana y católica en la responsabilidad por el bien común, en el compromiso por la justicia que transforma las causas del mal e injusticia.

Tal como afirma Mons. Romero en lo que puede ser considerado como su testamento vital, “la dimensión política de la fe no es otra cosa que la respuesta de la Iglesia a las exigencias del mundo real socio-político en que vive la Iglesia. Lo que hemos redescubierto es que esa exigencia es primaria para la fe y que la Iglesia no puede desentenderse de ella. No se trate de que la Iglesia se considere a sí misma como institución política que entra en competencia con otras instancias políticas, ni que posea unos mecanismos políticos propios; ni mucho menos se trata de que nuestra Iglesia desee un liderazgo político. Se trata de algo más profundo y evangélico; se trata de la verdadera opción por los pobres, de encarnarse en su mundo, de anunciarles una buena noticia, de darles una esperanza, de animarles a una praxis liberadora, de defender su causa y de participar en su destino. Esta opción de la Iglesia por los pobres es la que explica la dimensión política de su fe en sus raíces y rasgos más fundamentales. Porque ha optado por los pobres reales y no ficticios, porque ha optado por los realmente oprimidos y reprimidos, la Iglesia vive en el mundo de lo político y se realiza como Iglesia también a través de lo político. No puede ser de otra manera si es que, como Jesús, se dirige a los pobres” (Discurso al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina).

Mons. Romero y Pablo VI son pioneros de todo este desarrollo humano, liberador y sostenible con una ecología integral que cuida de la vida humana, de las familias y de nuestro planeta tierra en todas sus fases y dimensiones. En oposición a la cultura de la muerte, de la destrucción social y de la naturaleza. De esta forma, promueven una bioética global y la justicia socio-ambiental que defiende la vida de todo ser humano, desde el inicio con la concepción, del pobre, del excluido y de la hermana tierra; que impulsa el amor fiel y fecundo del hombre con la mujer que conforman el matrimonio, la familia e hijos al servicio de la misión, del bien común y de la justicia. Toda esta herencia de sabiduría y de vida de nuestros santos es fuente de felicidad, de sentido y realización para los jóvenes. Y su santidad no acabó con la muerte. Ellos viven en la iglesia triunfante y comunión de los santos, en la vida plena y eterna con Dios, que por el Espíritu está unida mística y solidariamente con nosotros. La iglesia militante, peregrina en los caminos del Reino de Dios con nuestro Señor Jesucristo.

Como nos transmite San Pablo VI, “el acontecimiento más grande entre todos para mí fue, como lo es para cuantos tienen igual suerte, el encuentro con Cristo, la Vida… De nada nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados. Éste es el criterio de valoración de cada cosa que mira a la existencia humana y a su verdadero y único destino, que sólo se determina en relación a Cristo…El ocaso de la vida presente, que había soñado reposado y sereno, debe ser, en cambio, un esfuerzo creciente de vela, de dedicación, de espera. Es difícil. Pero la muerte sella así la meta de la peregrinación terrena y ayuda para el gran encuentro con Cristo en la vida eterna. Por tanto ruego al Señor que me dé la gracia de hacer de mi muerte próxima don de amor para su Iglesia. Puedo decir que siempre la he amado. Fue su amor quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio. Y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese y que yo tuviese la fuerza de decírselo, como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el coraje de hacer” (Meditación ante la muerte).

Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología).  Asimismo ha realizado los Estudios de Filosofía y Teología, Doctor en Humanidades y Teología. Profesor e investigador en diversas universidades e instituciones universitarias y educativas latinoamericanas. Autor de distintas publicaciones, libros y artículos.

(Noviembre 2018)

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