Ordenación sacerdotal

ORDEN, ORDENACIÓN

El Vaticano II, como todos los grandes acontecimientos de la historia y de la vida de la iglesia, fue un punto de llegada y, a la vez, un punto de partida en la toma de conciencia que la iglesia realizó de sí misma y de sus propios componentes. Uno de los elementos fundamentales en los cuales los documentos del concilio señalaron un desarrollo de la autoconciencia y una explicitación de la doctrina, junto con el tema del pueblo de Dios y de su dignidad, fue el ministerio sacerdotal, sobre todo el de los obispos, a cuya luz se expuso también el de los presbíteros y diáconos. Esta reflexión doctrinal y vital trajo un gran despertar, una gran renovación, que, como siempre sucede, encontró su verdadera y auténtica savia en la vuelta a los orígenes, en la revalorización de las fuentes. Piénsese en la enorme importancia de la I reforma litúrgica, en gran parte ya realizada, aunque todavía en curso, en la que ha tenido un gran influjo el estudio de la antigüedad, considerada no desde una perspectiva arqueológica, sino con sensibilidad existencial y actualizadora. En el fervor generado por el acontecimiento conciliar nació también una amplia y profunda discusión sobre el tema del sacerdocio ministerial respecto a la distinción de sus grados: episcopado, presbiterado y diaconado, y a la especificidad y variedad de sus funciones. Todas las especialidades teológicas y todas las ciencias humanas se vieron envueltas en el debate, desde la exégesis a la teología dogmática, la liturgia, la psicología y sociología religiosas…

 

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