HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE PRESBÍTERO. Catedral de Santa Ana. Las Palmas, 29 de septiembre de 2007. Ordenación sacerdotal de D. Norberto A. Medina Díaz

Homilía de ordenación sacerdotal – 29 de septiembre de 2007

 

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE PRESBÍTERO

Catedral de Santa Ana. Las Palmas

29 de septiembre de 2007

Ordenación sacerdotal de D. Norberto A. Medina Díaz

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Mis queridos Hermanos todos, mi querido Hermano Ramón, Obispo, mis queridos Hermanos Sacerdotes, mi querido Norberto, mis queridos seminaristas. No celebramos hoy la Fiesta de alguno de los Apóstoles, como sería muy apropiado para una Ordenación Presbiteral. Hoy es la Fiesta de los grandes Mensajeros de Dios, los Arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael, enviados a realizar grandes tareas de parte de Dios y en su nombre. La Fiesta de los Santos Arcángeles, su envío, sus trabajos, la reflexión creyente sobre sus mismos nombres, nos mandan un mensaje muy actual para todo creyente, y muy apropiado para acoger en clave sacerdotal. Su intercesión nos consiga a todos fidelidad y pasión en el desempeño de la tarea que se nos encomienda, desde lo que somos sacramentalmente por la acción configuradora del Espíritu Santo.

En realidad todos los enviados de Dios, todos los mensajeros, Ángeles y Profetas, Arcángeles y Apóstoles, y todos los mensajes, y todos los trabajos de los enviados, se cumplen y alcanzan su plenitud en Jesús de Nazaret, el Cristo, el Apóstol y Sumo Sacerdote de la Fe que profesamos (Heb 3, 1), el enviado y entregado por amor para que todos tengamos vida eterna (cf. Juan 3, 16). El tiempo alcanzó su plenitud cuando envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley (Gal 4, 4). Todas las palabras juntas de todos los mensajeros, no son más que una pálida sombra de la Luz de la Palabra, que se hizo carne y acampó entre nosotros. Y todos los pasos juntos de todos los enviados no forman ni el más pequeño recodo del verdadero Camino que es Cristo. Él es el Ángel y el Profeta, el Arcángel y el Apóstol, el Mensajero y el Enviado.

Y lo que fue así antes de su venida, lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. Todos los enviados después de Cristo prolongan su presencia y hacen presente su envío y su acción salvadora. Los Apóstoles fueron enviados por Cristo mismo como Él fue enviado por el Padre. Cristo –resumirá el Concilio-, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn., 10,36), ha hecho participes de su consagración y de su misión a los Obispos por medio de los apóstoles y de sus sucesores. Ellos han encomendado legítimamente el oficio de su ministerio en diverso grado a diversas personas en la Iglesia (LG 28)Los presbíteros –comenta hermosamente Juan Pablo II en la Pastores Dabo Vobis- son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado (PDV 25). Enviados del único verdadero Enviado, Apóstoles del único Apóstol, Ángeles y Arcángeles del Evangelio vivo y personal que es Jesucristo.
Los Obispos y también los Presbíteros, llamados, consagrados y enviados para ser epifanía e imagen del buen Pastor, Cristo (cf. Jn 10, 11.15) (cf. PDV 49), encontramos en los Santos Arcángeles, cuya Fiesta hoy celebramos, un cúmulo de sugerencias y motivaciones que puede ser confortador repasar. Entremos en los relatos de sus envíos y encargos, porque podemos leer en ellos poderosos estímulos para nuestra propia misión.

Gabriel

Su nombre significa Fortaleza de Dios, y es el portador de la Buena Noticia, de la gran Buena Noticia, de la mejor Noticia de la Historia de la Humanidad: Dios, fiel a su Misericordia, envía a su propio Hijo como un hombre cualquiera. Gabriel, el que está delante de Dios, trae la alegría a Zacarías y a todos. Gabriel saluda a María con el grito de alegría que quita los temores; él anuncia al Emmanuel, la cercana presencia de nuestro Dios.

La vida del Obispo y del Presbítero puede y debe estar marcada por esta alegría y esta confiada esperanza porque es una vida en función del Evangelio que se nos encarga anunciar. La razón de nuestra vida es que tenemos mucho que decir, y muy importante, lo más importante para la vida y la felicidad de los hombres, y en especial de los pobres, que sólo en Dios ponen su confianza. La razón de nuestra vida es decir y entregar el Evangelio. Con lo que hacemos, lo que vivimos y lo que decimos; con las palabras de nuestra boca, los criterios de nuestra mente, los sentimientos y deseos de nuestro corazón y las obras de nuestras manos. Los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre (PDV 15). El sacerdote debe ser el primer *creyente+ del Evangelio que entrega, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son *suyas+, sino de Aquel que lo ha enviado. El no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. El no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el Pueblo de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar, el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado. (PDV 26)

Una vida en función del Evangelio significa poder decir como San Pablo: Todo lo soporto para no crear obstáculos al Evangelio de Cristo… ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!… Me he hecho todo a todos para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes (I Cor 9, 12. 16. 22-23).

Miguel

Su nombre significa ¿Quién como Dios? Es el que declara la guerra al dragón y el que lo vence. El dragón es el que extravía seduciendo al mundo entero, el que engaña y confunde. Desde el primer día de la creación ha intentado convencer al hombre de que no es necesario, no es bueno escuchar la voz de Dios. Quien la desoye y no la sigue, no sólo no muere, sino que llega a ser como Él, poderoso conocedor del bien y del mal. Comer del árbol de la ciencia del bien y del mal es mucho más que saber, es tener la capacidad de decidir sobre las fuentes del bien y del mal. El que decide dónde está el bien y dónde está el mal, qué es bueno y qué es malo, tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, porque el bien y el mal están en la misma naturaleza de las cosas. Y el mundo se hace distinto y toma caminos distintos de aquellos que el Creador y Padre de todos propuso y propone al hombre. Lo propio del dragón es seducir, engañar, extraviar y confundir.

Miguel es el vencedor porque enseña que nadie como Dios muestra y da al hombre el camino de la vida y la Vida misma, la luz de la verdad y la Verdad misma. Oyendo y siguiendo a Dios se alcanza la Verdad, la Vida y la Alegría. El acusador de nuestros hermanos ha sido vencido con la sangre del Cordero y con la palabra del testimonio que dieron.

Nuestro ministerio tiene mucho del encargo, y debe tener mucho de la victoria del Arcángel Miguel. Vivimos en una sociedad y una cultura que ha alcanzado niveles muy importantes y muy positivos de desarrollo en muchos órdenes. Se han puesto de relieve valores y orientaciones que realmente defienden al hombre y por ello construyen un mundo nuevo y mejor. Pero también hemos perdido las referencias básicas en muchos temas, una pérdida que nos impide o nos hace difícil reconocer que hay un mal, del que necesitamos ser salvados; que no todos los caminos posibles arriban a buen puerto, que hay realmente caminos errados, que no deberíamos iniciar, y que podemos y debemos reconducir. La supervaloración de lo subjetivo e individual lleva en multitud de ocasiones a extraviar la orientación y a justificar cualquier decisión como legítima. No parecemos convencidos de que en el dominio del relativismo no hay demasiado sitio para la justicia, la paz y en definitiva el bien del hombre. Como nos decía hace años agudamente el entonces Card. Ratzinger: Donde todos tienen razón, nadie tiene razón.

Rafael

Su nombre significa Medicina de Dios. La historia de su encargo nos traslada a una situación que no deja de tener interés para el momento presente de la comunidad cristiana. Tobit, un piadoso israelita, caritativo y fiel, vive exiliado en Nínive, rodeado de una cultura que puede subyugar sus convicciones. Casi no le queda otro margen que la honradez y el servicio humilde de la caridad y la misericordia. Buen retrato del Dios en quien cree y pone su confianza, ha quedado ciego. Rafael será el compañero de camino de su hijo Tobías, el que guía y orienta sus pasos, y el que reconduce los caminos andados trayendo además la curación de la ceguera. Rafael es el caminante que hace experimentar la siempre presente cercanía de Dios, y aporta la sanación y el consuelo del piadoso creyente.

En los caminos de los hombres hay hoy extravío, soledad y heridas. Y no faltan tampoco entre los mismos creyentes. Hay quien como Zaqueo se pone al borde del camino al paso de los cristianos, llevado quizás más por la curiosidad que por el deseo de cambiar; quien como la Samaritana no siente que sea un problema la suma de los maridos; quien como el etíope eunuco del libro de los Hechos maneja textos y realidades creyentes sin conseguir encontrar el hilo que les da sentido y le aporta significado a su propia vida; y tantos ‘quienes’ necesitados de que alguien, como en el viaje de Tobías, como en el camino de Emaús, acompase sus pasos a los suyos y acompañe y explique, y haga encontrar la puerta abierta, y el sentido del camino, y la fuente de la esperanza. Hay quien experimenta que Dios se calla ante el sufrimiento propio o ajeno, y siente que ese silencio hiere el alma y paraliza la vida. Hay quien grita y reta a Dios para que se manifieste, o busca que lo haga en el lugar y el modo que él decide, sin tener quien le explique que Dios se ve y se oye en todas partes cuando el corazón está limpio y los ojos son nuevos, y que entonces hasta la muerte puede ser llamada hermana.

Muchos sacerdotes, consagrados y seglares en nuestra propia comunidad cristiana necesitan y reclaman que nos pongamos junto a ellos, que los acompañemos, que no los dejemos solosante las dudas, las dificultades, las censuras, los cuestionamientos o los obstáculos. Me lo reclaman todos Ustedes a mí como Obispo, y siento esa llamada como voz del Señor que me apremia y me envía a cada uno. Y lo reclaman todos a Ustedes, Presbíteros de nuestra comunidad, a los que todos quisieran sentir cercanos. Pido por intercesión de los santos Arcángeles que no le falte a nuestras comunidades el amor de sus pastores.

Todos tienen derecho a esperar ese amor de los pastores, que les llevemos diariamente la alegría de la Buena Noticia y la presencia viva de Cristo, como Gabriel; la orientación que necesitan y la fortaleza para luchar como Miguel; el consuelo del acompañamiento cercano y sanador como Rafael.

Hoy lo pedimos en especial para ti, querido Norberto, pero necesitamos todos en la Iglesia este amor de los pastores, epifanía e imagen del amor del único Pastor.

+ Francisco, Obispo

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