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Recapitulación de cuestiones relativas a las relaciones entre clero y laicado – desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad –

 

Recapitulación de cuestiones relativas a las relaciones entre clero y laicado
– desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad –

Pablo VI afirmó en el ya lejano 18 de abril de 1967, que “el Concilio ratificó y amplió el aporte que ofrecen los movimientos del laicado católico, desde hace más de un siglo, a la Iglesia peregrina y militante”. También Juan Pablo II durante su primer viaje apostólico a México, el 29 de enero de 1979, dirigiéndose a las organizaciones nacionales católicas del laicado de aquel país, les dijo: “Ustedes saben bien cómo el Concilio Vaticano II recoge aquella gran corriente histórica de ‘promoción del laicado’, profundizándola con sus fundamentos teológicos, integrándola e iluminándola justamente con la eclesiología de la Lumen Gentium, convocando y exhortando a la participación activa de los laicos en la vida y misión de la Iglesia”. Sabemos en efecto, que esta corriente histórica – uno de los hechos más significativos y relevantes del siglo XX eclesial – fue generada y conoció impulsos sucesivos en el proceso de maduración de la autoconciencia del ser y la misión de la Iglesia en nuestro tiempo, que confluyó y se expresó en el Concilio Vaticano II.

Si consideramos sintéticamente el Concilio Vaticano II desde un punto de vista histórico y en cuanto totalidad orgánica – no como una suma de documentos, comentarios e interpretaciones -, se puede afirmar que asume y discierne, transfigura y trasciende, desde un resurgimiento de la misma tradición católica, dos instancias críticas que estaban en la base de la modernidad, vale decir, la Reforma y el Iluminismo. Ambas fueron reivindicaciones de sectores laicales emergentes: la primera reivindicaba el sacerdocio universal de los fieles, pero en antítesis al sacerdocio ministerial, a la sucesión apostólica, a la jerarquía; la segunda contraponía los derechos del hombre a los derechos de Dios, la razón a la fe, la libertad a la tradición.

Ahora bien, la intención del Concilio – afirmaba Juan XXIII – era precisamente “poner el mundo moderno en contacto con la energía vivificante del Evangelio” (Constitución Apostólica Humanae Salutis, 1961). La necesidad del ‘aggiornamento’ quería ser una respuesta al dramático legado de “ruptura entre Evangelio y cultura” de la modernidad (cfr. Carta Apostólica Evangelii Nuntiandi, 20). El evento conciliar constituyó, desde esta perspectiva, la premisa de una auténtica reforma católica y puso la base para la gestación de una “nueva civilización”. La Iglesia católica acogía y readaptaba así, desde sí misma – como resurgimiento de la propia tradición, sin capitulaciones ni confusiones, pero también superando la mera rigidez defensiva, resistente, de pura condena – lo mejor de aquellas instancias críticas, dejando atrás sus errores, sus callejones sin salida, y aboliéndolas de hecho, mediante su superación.

 

 

 

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– Cuestiones relativas relaciones entre clero y laicado

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