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Memoria de Sor Lorenza Diaz Bolaños, primera beata canaria

 

SOR LORENZA DÍAZ BOLAÑOS

El viernes 6 de noviembre de 2020 memoria obligatoria en nuestra diócesis de la beata mártir Lorenza Díaz Bolaños. Común de mártires. Lecturas del viernes semana XXXI.

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Sor Lorenza beata y mártir

Himno a sor Lorenza Díaz Bolaños:

Memoria de Sor Lorenza Diaz Bolaños, primera beata canaria

Lorenza Díaz Bolaños nació en el conocido paraje Lomo de las Azucenas, en las inmediaciones de la Casa Aguilar, el lunes 10 de agosto de 1896 razón por la que en el bautizo oficiado por el párroco Juan Navarro celebrado cinco días después, que fue sábado, precisamente en la festividad de la patrona de la localidad, la Virgen de Guía, se le puso por nombre Lorenza.

Fueron sus padre, Juan Dolores Díaz y María del Pino Bolaños Delgado, que habían casado el 13 de noviembre de 1895 cuando él contaba 21 años de edad y ella 31, es decir, diez años mayor. Fue su abuela materna, pues en la partida de bautizo de su progenitor se ignora el nombre del abuelo por razones obvias, María del Socorro Díaz y abuelos maternos Francisco Bolaños Toledo y Tomasa Delgado de los Santos.
Fue confirmada por el obispo padre Cueto el sábado 26 de mayo de 1900, festividad de San Felipe Neri, cuando contaba tan solo cuatro años de edad, siendo amadrinada por su abuela paterna María del Socorro Díaz.

El nacimiento de Lorenza y de sus cuatro hermanos restantes (por este orden: Blasina, Manuel, Juan Jesús y José Ignacio) tuvo lugar en una cueva del mentado lugar Lomo de las Azucenas, donde vivía el matrimonio, trabajando su padre en las labores del campo en aquellas inmediaciones, por su condición de pobres de solemnidad, desde donde pasó la familia algún tiempo después a vivir en una casa, anexa a la cueva, en forma de ´l´ y que presenta una construcción muy rudimentaria.

La cueva aparece en la actualidad abandonada, y la casa conserva su estructura original, ambas deterioradas por el paso del tiempo, según podrá observarse en una de la las ilustraciones que acompañan a estas líneas. Desde El Lomo de las Azucenas, en cuyo lugar aparece empadronada los años 1899 y 1901, la familia Díaz Bolaños pasó algunos años mas tarde a residir en el barrio de San Juan, último domicilio que se le conoce en Guía, al menos, hasta 1920 en que, posiblemente, ocurre el traslado a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

Se ha sabido que el padre de Lorenza y su hijo Manuel, unos años menor que ella, emigraron a Cuba en busca de mayor fortuna y según el testimonio de uno de los hermanos de la próxima beata, José Ignacio, quien lo relató en el transcurso del proceso de beatificación, “después de dos cartas que escribió desde allá ya no volvió a interesarse por nosotros, aunque sabíamos de su existencia por familiares que teníamos en aquella isla”.

De su hermano Manuel, que por lo visto también falleció en la capital cubana, La Habana, nada trascendió, aunque se asegura que casó allí y tuvo descendencia. Agreguemos que el hermano de la monja aquí aludido, José Ignacio, fue hasta 2005 en que falleció a los 97 años una persona bastante conocida en Las Palmas: después de haber estado ingresado desde niño en el Internado de San Antonio, allí adquirió buena educación hasta labrarse un buen porvenir, pues llegó a ser oficial de varios juzgados de esta capital hasta su jubilación, y se le recuerda, igualmente, porque en la época de la presidencia de la UD Las Palmas de Ramón Naranjo Hermosilla fue secretario general de la entidad amarilla, cesando dos años después con la llegada de Cecilio López.

Sobre el año en que el padre de Lorenza emigró a Cuba no existen noticias concretas, solo suposiciones. Por ejemplo, manifestó en su día José Ignacio que su padre hizo viaje a la isla caribeña “cuando mi hermana Lorenza tenía doce años”, por lo que es fácil adivinar que lo sería sobre 1808, quedando su madre al cuidado de sus cinco hijos “en situación precaria por lo que hubo de trabajar en el campo para sacarlos adelante”. De todas formas conviene aclarar que, a pesar de estar en Cuba, el padre de Lorenza aparece, seguramente su mujer lo seguía empadronando a pesar de su ausencia, todavía en el padrón municipal de Guía de 1917, residiendo en el barrio de San Juan; y allí mismo figura en un censo formado por el párroco José Martín Morales en 1920, desapareciendo la familia en el padrón municipal de 1924, lo que hace suponer que es cuando la mujer y sus hijos se trasladan a vivir a la ciudad.

En el proceso de beatificación se insiste de forma continuada en las virtudes cristianas y de gran devoción que siempre mostró la muchacha tempranamente, de tal manera que desde los doce años bajaba a la parroquia guiense, primero desde el Lomo de las Azucenas y más tarde desde San Juan, para asistir a la misa todos los domingo, algunas veces incluso entre semana, estancias y visitas al casco urbano que le servían, a partir de 1917, para visitar a las Hermanas de la Caridad, que atendían entonces a los enfermos en el primer hospital de San Roque, puesto en marcha en aquella localidad, suponiéndose que estas visitas fueron cimentando la vocación religiosa que más tarde abrazó.

El primer hospital puesto en marcha en Guía tuvo lugar en 1915, gracias a las gestiones del guiense y consejero del Cabildo Insular de Gran Canaria Santiago González Martín, quien lo propuso. Y luego adquirió del Ayuntamiento el compromiso de colaboración, de tal forma que es la Corporación municipal es la que se hace cargo del alquiler de las dos casas anexas alquiladas a Manuel Bautista Aguiar, en la antiguamente llamada calle del Agua, hoy denominada Luis Suárez Galván, por el precio de 100 pesetas mensuales.

Al principio el establecimiento funcionó a modo de Casa de Socorro o de asistencia en las primeras curas, hasta que en diciembre de 1917 llegan a Guía las Hermanas de la Caridad, que conformaron la primera comunidad de religiosa que se hizo cargo de su asistencia a los enfermos allí internados: la formaban sor Pilar Rodríguez Bolaños, en calidad de superiora y hermana del en aquella época deán del Cabildo Catedral Pablo Rodríguez Bolaños; sor Antonia del Castillo; sor Josefa España ;y sor María Muñoz. Se presume que la tremenda vocación de servicio a los demás de aquella muchacha fue advertida por sor Pilar quien cuando fue trasladada como superiora del Colegio de San Agustín de las Palmas en diciembre de 1919 siguió ayudando a la joven en la idea de afianzar su vocación. Fue así como Lorenza estuvo primero seis meses en el citado Colegio para ayudar a las hermanas y alcanzar mayores conocimientos culturales, pasando luego al hospital de San Martín donde comenzó su postulado en 1921, año en que se traslada a Madrid para hacer el seminario de formación, terminado el cual fue destinada al Instituto Profesional de Inválidos, pasando luego al Hospital Militar de Carabanchel, emitiendo sus votos en 1926.

Curiosamente, su hermana Blasina, nacida dos años después en 1898, también fue hermana de la Caridad. Y en 1927, concluido el seminario de formación, fue enviada al Asilo de Ciegos y finalmente al mismo Hospital Militar en el que ya se encontraba su hermana Lorenza, donde una abundante comunidad de monjas atendía a los enfermos y quirófanos. Fue a partir de aquí, en 1936, cuando se produce el martirio de algunas de las Hermanas de la Caridad, entre las que se encuentra sor Lorenza, sobre cuyas vicisitudes eludimos hablar pues son hechos harto conocidos, como consecuencia del proceso que se inició hace ya bastante años y que culminará en octubre con su beatificación.

Siguiendo con las curiosidades y noticias sobre la familia de la monja ahora beata, digamos que su hermana Blasina pudo salir sana y salva de Madrid durante la Guerra Civil, porque pasó desapercibida al encontrarse recuperándose de una intervención quirúrgica. Primero pudo trasladarse a Francia, y después a Valencia, desde donde fue trasladada a Las Palmas de Gran Canaria para formar parte de la comunidad de Hermanas de la Caridad del Hospital Psiquiátrico de Tafira a donde llegó en 1939 portando una carta de la visitadora general de la Orden en la que daba cuenta del asesinato de sor Lorenza, y confortando a su madre y hermanos de la pérdida del ser querido, razón por la que la familia colocó en la casa del Lomo de las Azucenas una rudimentaria cruz de madera en su memoria donde estuvo hasta hace unos años en que fue trasladada a Madrid para su colocación en el Museo Vicenciano. Ya instalada en el manicomio, sor Blasina tuvo necesidad de llevarse a su madre, con cerca de 80 años, para atenderla hasta su muerte ocurrida en junio de 1948, falleciendo la monja en julio de 1980.

 

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