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Teología del sacerdocio y vocación

 

TEOLOGÍA DEL SACERDOCIO Y VOCACIÓN

El secreto de nuestra identidad se encierra en que se nos ha dicho un nombre. Un nombre que nos ha cambiado la vida. Un nombre impreso en nuestro ser por la llama del Espíritu. El que nos salva de tantos otros nombres que los demás y la vida a menudo nos imponen. Nuestra identidad es el fruto de una revelación, de un encuentro en el que, al conocer a Jesús, se nos regala un nuevo ser. Ya no somos el de antes, sino que ahora nos identificamos con quien nos ha llamado y nos ha revelado de verdad quiénes somos. Hay un secreto oculto en la vida de cada uno de nosotros, y ese secreto se ha convertido en una marca de identidad y en un camino de discernimiento.

¿En dónde arraigamos de verdad la identidad en la vida sacerdotal? La llamada recibida, que es esencialmente un don de elección, una invitación de amistad, es nuestro signo mayor de identidad: le pertenecemos al Señor porque Él nos eligió, nos bendijo, nos perdonó, nos curó las heridas, nos santificó, nos regaló compañeros, nos envía en misión, etc. Nuestra crónica de identidad es tanto una historia personal de salvación, la historia de amor de Dios en cada uno de nosotros, como una historia común, la que nos vincula al cuerpo del que formamos parte. Pero también la identidad se funda en la revitalización de la misión recibida: somos enviados para dar fruto abundante. Y así el envío es nuestro camino de sabernos suyos, de estar con él fructificando, desplegando lo que somos en la misión de trabajar y vivir por y para el Reino de Dios que se está realizando activamente en nuestra historia. Los frutos que damos forman parte de lo que somos y de lo que podemos dar a los demás como alimento, como vida compartida y fecunda.

Como dice la Instrucción al final de sus páginas, «la teología nace de la fe y está llamada a interpretarla manteniendo su vínculo irrenunciable con la comunidad eclesial. La Iglesia necesita de la teología, como la teología necesita de su vínculo eclesial». El ministerio ordenado madura, cuando bebiendo en las fuentes teológicas de las que bebe la Iglesia en su ya larga trayectoria, expresa con fidelidad la respuesta a la llamada recibida. Esa tradición representa al mismo tiempo la fidelidad al dato revelado (desvelamiento del Misterio en la Encarnación de Cristo, que la Iglesia custodia, celebra y anuncia, hasta hacerse una propuesta de nueva vida moral), y la creatividad de quien en cada generación ha sabido proponer con audacia la perenne verdad que se nos ha confiado.
El ministerio ordenado vivido es un buen exponente de la buena teología, y ésta da testimonio si nutre de veras la vocación eclesial que Dios ha suscitado en su Pueblo. La salud vocacional se puede rastrear en la teología que se frecuenta, y ésta tiene inevitablemente un reflejo en la vivencia de la propia vocación.

 

 

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