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La misión en la educación y en la Universidad con Francisco

 

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– CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA VERITATIS GAUDIUM SOBRE LAS UNIVERSIDADES Y FACULTADES ECLESIÁSTICAS – 27 de diciembre de 2017

 

La Misión en la Educación y Universidad con Francisco

Dr. Agustín Ortega Cabrera

El Papa Francisco acaba de promulgar la Constitución Apostólica “Veritatis Gaudium (VG), la alegría de la verdad”, sobre las Universidades y Facultades Eclesiásticas. En donde pide “el compromiso generoso y convergente que lleve hacia un cambio radical de paradigma, más aún, «una valiente revolución cultural»” (VG 3). Insiste en la confrontación abierta, a 360 grados, en la interdisciplinariedad tal como vamos a desarrollar. Y pide que estas Universidades y Facultades hagan redes para construir «liderazgos que indiquen vías» que sean capaces de cambiar el actual modelo de desarrollo. En la línea de San Juan XXIII (MM y PT) y de Pablo VI (ES, EN y PP) con el Concilio Vaticano II (LG y GS) que proponen la fe e iglesia en clave misionera-evangelizadora en dialogo con el mundo. Desde esta Doctrina Moral y Social de la iglesia (DSI), una misión promotora del desarrollo solidario e integral de la humanidad, del compromiso ético, público y sociopolítico de los cristianos (Pablo VI, OA). “El criterio prioritario y permanente es la contemplación y la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerygma. Es decir, la siempre nueva y fascinante buena noticia del Evangelio de Jesús, «que se va haciendo carne cada vez más y mejor» en la vida de la Iglesia y de la humanidad” (VG 4).

Toda una propuesta espiritual y antropológica-cultural, eclesial y pastoral tal actual, para la fe y misión evangelizadora de la Iglesia en las diversas sociedades, culturas y pueblos. “En realidad, «como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural. Sino que permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. En los diferentes pueblos que experimentan el don de Dios según la propia cultura, la Iglesia manifiesta su genuina catolicidad y muestra la belleza de este rostro pluriforme. En las manifestaciones cristianas de un pueblo evangelizado, el Espíritu Santo embellece a la Iglesia, mostrándole nuevos aspectos de la Revelación y regalándole un nuevo rostro»” (VG 3).

Como se observa, esta misión se realiza en el diálogo con el mundo y los pueblos con sus culturas. Impulsando el desarrollo humano y social, espiritual e integral, la igualdad y participación, más justicia y libertad como anhela la humanidad. “Desde esta concentración vital y gozosa del rostro de Dios, que ha sido revelado como Padre rico de misericordia en Jesucristo (cf. Ef 2,4), desciende la experiencia liberadora y responsable. Y que consiste en la «mística de vivir juntos» como Iglesia, que se hace levadura de aquella fraternidad universal «que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo; que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno» (VG 4). Se nos presenta así a la fe e iglesia con su razón de ser, la misión evangelizadora. Esto es, anunciar, celebrar y servir al Reino de Dios que es lo esencial, lo que constituye la identidad (vida) y misión de la Iglesia. Un Reino de amor, vida y justicia liberadora de todo lo que esclaviza u oprime al ser humano, de todo pecado, mal e injusticia.

Tal como ya afirma San Juan Pablo II en “Ex Corde Ecclesiae”, la enseñanza anterior sobre estas realidades, “la Universidad Católica, como cualquier otra Universidad, está inmersa en la sociedad humana. Para llevar a cabo su servicio a la Iglesia está llamada -siempre en el ámbito de su competencia- a ser instrumento cada vez más eficaz de progreso cultural tanto para las personas como para la sociedad. Sus actividades de investigación incluirán, por tanto, el estudio de los graves problemas contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución más equitativa de los recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional. La investigación universitaria se deberá orientar a estudiar en profundidad las raíces y las causas de los graves problemas de nuestro tiempo, prestando especial atención a sus dimensiones éticas y religiosas.

Si es necesario, la Universidad Católica deberá tener la valentía de expresar verdades incómodas, verdades que no halagan a la opinión pública, pero que son también necesarias para salvaguardar el bien auténtico de la sociedad. Deberá darse una especial prioridad al examen y a la evaluación, desde el punto de vista cristiano, de los valores y normas dominantes en la sociedad y en la cultura modernas, y a la responsabilidad de comunicar a la sociedad de hoy aquellos principios éticos y religiosos que dan pleno significado a la vida humana. Es ésta una ulterior contribución que la Universidad puede dar al desarrollo de aquella auténtica antropología cristiana, que tiene su origen en la persona de Cristo, y que permite al dinamismo de la creación y de la redención influir sobre la realidad y sobre la justa solución de los problemas de la vida.

El espíritu cristiano de servicio a los demás en la promoción de la justicia social reviste particular importancia para cada Universidad Católica y debe ser compartido por los profesores y fomentado entre los estudiantes. La Iglesia se empeña firmemente en el crecimiento integral de todo hombre y de toda mujer. El Evangelio, interpretado a través de la doctrina social de la Iglesia, llama urgentemente a promover «el desarrollo de los pueblos, que luchan por liberarse del yugo del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas y de la ignorancia; de aquellos que buscan una participación más amplia en los frutos de la civilización y una valoración más activa de sus cualidades humanas; que se mueven con decisión hacia la meta de su plena realización»(33). La Universidad Católica siente la responsabilidad de contribuir concretamente al progreso de la sociedad en la que opera: podrá buscar, por ejemplo, la manera de hacer más asequible la educación universitaria a todos los que puedan beneficiarse de ella, especialmente a los pobres o a los miembros de grupos minoritarios, que tradicionalmente se han visto privados de ella. Además, ella tiene la responsabilidad -dentro de los límites de sus posibilidades- de ayudar a promover el desarrollo de las Naciones emergentes” (nn. 32-34)

En la misión de la Iglesia es básico comprender, experienciar que el Evangelio acoge y promueve todas las dimensiones antropológicas, inter-relacionadas, del ser humano. Tales como la espiritual y corporal o material que son inseparables. En la antropología con perspectiva teológica, no se puede disociar la salvación de la creación, ni la fe del amor con su justicia que es la entraña del cristianismo. “De ahí que el imperativo de escuchar en el corazón y de hacer resonar en la mente el grito de los pobres y de la tierra, concretice la «dimensión social de la evangelización», como parte integral de la misión de la Iglesia; porque «Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres». Es cierto que «la belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha». Esta opción debe impregnar la presentación y la profundización de la verdad cristiana” (VG 4).

Por tanto, la misión supone constitutivamente la promoción de la justicia con los pobres y los derechos humanos, del desarrollo y liberación integral de los pueblos, en el dialogo con las culturas, sociedades y religiones. “El Evangelio y la doctrina de la Iglesia están llamados hoy a promover una verdadera cultura del encuentro. En una sinergia generosa y abierta hacia todas las instancias positivas, que hacen crecer la conciencia humana universal. Es más, una cultura —podríamos afirmar— del encuentro entre todas las culturas auténticas y vitales. Gracias al intercambio recíproco de sus propios dones, en el espacio de luz que ha sido abierto por el amor de Dios para todas sus criaturas” (VG 4). Toda esta fe al servicio de la misión, que promueve la cultura y el desarrollo liberador e integral, está en sintonía de forma precursora e interdisciplinar con lo que nos enseñan hoy las diversas ciencias, como las sociales o humanas. Y es que hay que ejercitar “la inter- y la trans-disciplinariedad ejercidas con sabiduría y creatividad a la luz de la Revelación. El principio vital e intelectual de la unidad del saber en la diversidad y en el respeto de sus expresiones múltiples, conexas y convergentes es lo que califica la propuesta académica, formativa y de investigación” (VG 4).

De esta forma, el desarrollo no puede ser concebido en clave economicista y mercantilista, frente al neoliberalismo con el capitalismo. “Hoy no vivimos sólo una época de cambios, sino un verdadero cambio de época que está marcado por una «crisis antropológica» y «socio-ambiental» de ámbito global. En la que encontramos cada día más «síntomas de un punto de quiebre, a causa de la gran velocidad de los cambios y de la degradación, que se manifiestan tanto en catástrofes naturales regionales como en crisis sociales o incluso financieras». Se trata, en definitiva, de «cambiar el modelo de desarrollo global» y «redefinir el progreso» «El problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos»” (VG3). Hay, pues, que tejer un pensamiento y cultura que promueva un desarrollo: integral, que abarca todas las necesidades, dimensiones y capacidades de las personas; y solidario, para toda la humanidad sin exclusión de ningún ser humano ni pueblo.

Es un desarrollo y ecología integral en el cuidado y ética de la vida en todas sus fases, dimensiones y aspectos, como nos muestra la enseñanza de Francisco en LS. Un desarrollo y ecología con la justicia social con nuestros hermanos, los pobres de la tierra, en la justicia ambiental con esa casa común que es el planeta. Es la conversión y espiritualidad ecológica en el amor a Dios, a los otros y a la naturaleza-creación. Una ecología espiritual, social y ambiental. “Afirmando la tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos». La toma de conciencia de esta interdependencia «nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común». La Iglesia, en particular —en sintonía convencida y profética con el impulso que le ha dado el Vaticano II hacia su presencia renovada y su misión en la historia—, está llamada a experimentar cómo la catolicidad, que la califica como fermento de unidad en la diversidad y de comunión en la libertad” (VG 3). Una fraternidad solidaria universal con la caridad política y una ética pública, cosmopolita, mundial y global que impulsa la civilización del amor. Más de allá de toda barrera y frontera, por encima de la cultura burguesa y sus individualismos, corporativismos, localismos y nacionalismos insolidarios.

Por tanto, como nos enseña la DSI, hay que mostrar de forma crítica, ética y profética la inherente inmoralidad e imperialismo del capitalismo, con su liberalismo económico. El capitalismo, que a nivel global es el que domina el mundo, genera cada vez más desigualdades e injusticia sociales-globales. Tal como nos están mostrando los estudios sociales e informes de todo tipo. Lo está que causado el holocausto del hambre, la pobreza, la esclavitud infantil y la trata, el paro y la trabajo precario (basura), las guerras y la destrucción ecológica. El neoliberalismo con el capitalismo impone una falsa libertad, humana y de mercado, con su individualismo posesivo e insolidario. Rechazando la regulación ética, social y política en el bien común. Con un dominio opresor de sus empresas multinacionales y banca-finanzas que, con su economía financiera especulativa, genera las crisis permanentes que vivimos. Endeuda, arruina y destruye la vida de las familias, de los pueblos y de los pobres con esta economía que mata, como no se cansa de repetir Francisco.

Hay que proponer un discernimiento crítico de los sistemas e ideologías dominantes, del comunismo-colectivismo y, en especial, del neoliberalismo/capitalismo hoy ya planetario: visibilizando y denunciando proféticamente sus males e injusticias. Y es que se “debe acompañar simultáneamente los procesos culturales y sociales, de modo particular las transiciones difíciles. Es más, «en este tiempo, la teología también debe hacerse cargo de los conflictos: no sólo de los que experimentamos dentro de la Iglesia, sino también de los que afectan a todo el mundo». Se trata de «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso». Adquiriendo «un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida” (VG 4). A su vez hay que animar a buscar, en la legítima diversidad de opciones políticas, lo bueno y las utopías reales (verdaderas) de estas ideas e ideales que, desde las claves éticas y evangélicas, se nos transmiten. Desde la fe, la moral liberadora del amor y la justicia con los pobres, sacramento (presencia real) de Cristo Pobre-Crucificado por el Reino, que es lo primero.

Acompañando los procesos emancipadores y liberadores de los pueblos, junto a todos esos movimientos populares, sociales e históricos que buscan otro mundo posible. La mundialización de la solidaridad, la paz y la justicia con los derechos como es un trabajo decente, la democracia real, la ecología integral y el buen vivir. En contra de la globalización del capital e ídolos del mercado y competitividad, de las guerras y destrucción ecológicas. “La Teología y la cultura de inspiración cristiana han estado a la altura de su misión cuando han sabido vivir con riesgo y fidelidad en la frontera. «Las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos, sus cuestionamientos nos cuestionan. Todo esto nos ayuda a profundizar en el misterio de la Palabra de Dios, Palabra que exige y pide dialogar, entrar en comunicación»” (VG 5).

Es la fe e iglesia misionera y encarnada en la realidad social e histórica, en salida hacia las periferias. La iglesia pobre con los pobres, que discierne los “signos de los tiempos” permanentes: ese Espíritu que da vida e impulsa las luchas solidarias de los pueblos crucificados por el mal e injusticia; el ser sujeto protagonista de las personas, los pueblos y los pobres en la misión, desarrollo y liberación integral. Una fe e iglesia en la santidad de la pobreza solidaria con la comunión de vida, bienes y luchas por la justicia con los pobres de la tierra; frente al mal, injusticia y pecado del egoísmo con sus idolatrías de la riqueza-ser rico, del poder y la violencia. La fe e iglesia en el Don (Gracia) del Dios de amor, justicia liberadora y vida humanizadora, digna, feliz, realizada, plena y eterna.

Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología). Asimismo ha realizado los Estudios de Filosofía y Teología, Doctor en Humanidades y Teología. Profesor e investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y, actualmente, de la UNAE (Universidad Nacional de Educación) así como invitado en diversas universidades latinoamericanas. Autor de diversas publicaciones, libros y artículos.

Febrero de 2018.

 

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